La pérdida, por V. Santisteban.

Para una familia…

Esta vida alberga espacio para muchas cosas. Podemos vivir circunstancias para las que nos preparamos durante toda nuestra existencia. Y, también, podemos experimentar otras tantas para las que no nos preparan, o no nos preparamos, o simplemente, no queremos prepararnos. Nuestra vida es el resultado de todo eso, de lo bueno vivido y disfrutado, y de aquello distinto, triste y oscuro. Y esa parte oscura, nos queda grabada con el fuego del dolor en nuestra alma.

La pérdida tiene mucho nombres y es el resultado de sus propios síntomas que, casi siempre, son los mismos. Falta de aire para respirar, angustia, desasosiego, falta de anhelo por la vida, desesperanza. La pérdida es universal, nadie está libre de vivirla y es una de las pocas cosas que nos coloca al mismo nivel. Y es que a todos nos llega. Pero, incluso ese momento tan personal, suele estar condicionado por factores externos. Elementos que se escapan a nuestra comprensión y sentido de la justicia. Como le decía a una buena amiga, tanto tienes, tanto vives. Es una sentencia durísima, pero los acontecimientos recientes reflejan que no ando desencaminada al respecto.

Todos hemos perdido a un ser querido. Y es de esas cosas oscuras que no queremos que pasen nunca. Cuando un ser querido se va, la vida se revuelve a nuestro alrededor. Todo pierde sentido, todo se trastoca, todo se tambalea y entramos en la espiral del duelo. El duelo duele, duele mucho. Y el momento en que perdemos a alguien, ese preciso momento, es en el que una punzada aguda de dolor nos atraviesa por completo. Es un dolor distinto a cualquier dolor sentido antes.

Todo se detiene, todo, excepto aquello que tiene que ver con la propia burocracia del sepelio. Porque la maquinaria del sistema sigue funcionando, aunque no entendamos nada de lo que ocurre. Apenas eres golpeado por un shock emocional sin parangón, debes gestionar. Y es cuando acaba ese proceso, cuando la vida te reclama de nuevo y te exige que vuelvas al camino, que no te detengas. Hay que seguir, seguir respirando, seguir levantándose de la cama, seguir, seguir, seguir. Pero el cuerpo no nos obedece y es porque no queremos hacer nada de eso. Queremos parar, queremos cama y silencio.

De todas las experiencias de esta vida terrenal, quizás la pérdida de un ser querido sea, con diferencia, la más difícil. Y es que nadie quiere llegar a vivirlo, no queremos vivirlo, no queremos perder a un ser querido, porque es querido.

Pensamos que nuestros padres nos durarán eternamente y ellos piensan que se irán antes que nosotros, es lo normal, sería lo más normal. Pero, a veces, el universo en su infinito y macabro sentido del equilibrio, le da la vuelta al devenir normal de las cosas. Y nos arrebata lo más bonito que la vida te ha regalado, el amor filial de los hijos. Este amor es un amor que se retroalimenta de padres a hijos y viceversa. Y es que cuando un hijo se va, algo no cuadra, algo no encaja, algo va contra natura. Es un hecho imposible, es la casa construida por el tejado, es ir contracorriente y en sentido contrario al de las agujas del reloj, es anormal, es el mundo al revés, es una pesadumbre sin sentido, es la oscuridad sin fin.

El dolor de perder a un hijo es un dolor tan insoportable que se vuelve intolerable. El niño de nuestros ojos, la luz que aclara el camino, el sonido que alegra cada instante, ese ruido de fondo que nos acompaña desde la gestación. Perder un hijo es como si te arrancaran un trozo de tu ser, con el que es imprescindible vivir.

Cuando se pierde a un hijo tras un largo proceso de enfermedad, el dolor, ese dolor que se ha ido guardando y almacenando en un lugar bien alejado de su mirada, sale a reclamar su espacio por derecho propio. Ese dolor, fruto de la lucha contra el sistema, contra la enfermedad, contra el tiempo y las inclemencias que esta vida nos pone en el camino, como piedras gigantes que no nos dejan avanzar, nos reduce a la mínima expresión de nuestro ser. Nos merma dejándonos hechos un ovillo enredado que antaño tejía risas y algarabía.

Cuando un ser especial, un ser lleno de luz se va, nos quedamos más huérfanos, nos vemos perdidos. Nuestras melancolías nos conducen por senderos nunca transitados. Y tenemos que aprender que debemos continuar por travesías sin esa mirada mágica, sin esa pose estoica, fuerte y madura.

Y queda el vacío de las palabras no dichas, de risas no reídas, de anécdotas no contadas y de abrazos infinitos por dar.

Al final, somos castillos de arena que desaparecen con la espuma del mar. Somos polvo de estrellas que vuelven al firmamento para observar el devenir del mundo y velar por los nuestros.

A Raquel, con todo mi amor. Allá donde estés, seguirás brillando más allá del tiempo…

V.

  • Foto destacada, extraída del archivo personal.

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“Un día de invierno” de Victoria Santisteban

Un cuento de navidad…

Parece que te veo a través de la ventana. Creo que me estoy obsesionando con esa imagen. Esa foto de ti mirándome, tan triste, desde ese paraje blanco. No tan blanco como nos hubiera gustado, pero suficiente. A veces siento que me llamas y yo alargo mi mano en un ademán pretendiendo acortar distancias.

-¿Hablando otra vez sola?- dijo él.

-¿Lo hacía en voz alta?-contestó sorprendida de haber sido cazada.

-Sí-le dijo con cierta condescendencia.

-Debe ser que no duermo bien últimamente. Anoche tuve un sueño…

-Anoche volviste a hablar mientras dormías-le interrumpió él.

-Soñé con él otra vez, y volvíamos a ese lugar, de nuevo. Había nevado, pero no mucho. Lo recuerdo bien porque siempre quise ver la nieve, pero de esa espesa en la que se te hunden los pies. Y ese sitio no era así. Recuerdo que estuvimos hablando, aunque no recuerdo de qué. Tampoco sentía frío.

-Estás pasando un mal momento.-dijo, con cariño sincero-Son tus primeras navidades sin él.

Al día siguiente…

-Buenos días, cielo-le dijo él a ella.

-Hola mi niño-le regaló con una sonrisa calmada.

-Anoche volviste a hablar en sueños.

-Estuve con él, cariño. Al final pudimos vivir una navidad juntos. Fuimos a un lugar con un árbol gigante lleno de color y de luces. Había puestos de madera y los vendedores ambulantes sonreían. Y comprábamos turrón. Y no había nadie más, salvo nosotros. Recuerdo que me miraba y me sonreía. Él me hablaba y era feliz, yo era feliz. Y volvimos allí, donde estaba la nieve. Yo le perdoné y él me abrazó. Y he despertado.

Epílogo: Mientras preparábamos la cena de navidad para recibir al resto de la familia, fui al dormitorio a dejar unas cosas. Como siempre, me acerqué a su foto para contarle que todo se arregló con mi hermano. Fue entonces cuando me di cuenta que algo había cambiado. Su cara irradiaba felicidad, era una sonrisa clara y diáfana. Y sus pies, sus pies estaban hundidos en la nieve. Y abracé la foto y me dejé llevar por las emociones…

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